Tenemos dos vidas. La crónica de mis cuatro décadas

. 19 de octubre de 2017

gabriela-soberanis-madridPor Gabriela Soberanis Madrid

“Tenemos dos vidas. La segunda comienza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una.” – Confucio 

Ya sumo a mi existencia poco más de cuatro décadas. Según me dicen, estos son los mejores años de la vida porque aún se goza de juventud, a la vez que se tiene experiencia. Supongo que esto es lo que le imprime tanta fuerza a ésta etapa: es, probablemente, el único lapso donde se tienen ambas. No toda la juventud que alguna vez tuvimos, ni toda la experiencia que podremos llegar a tener, pero sí la mezcla exacta, la que sólo nos puede brindar estar frente a la mitad de nuestra historia.

Creo que se dice tanto sobre esta década porque si has aprendido lo que debías, se presenta una especie de revelación de hechos: uno sabe que empieza la cuenta regresiva, y que es el momento en que se torna casi un compromiso moral disfrutar la vida. Ya no tiene sentido sufrir, se esfuman los deseos de complacer expectativas ajenas, y empieza a parecer ridículo hacer cosas por cumplir y que nos importe lo que otros piensen de nosotros. Quizá por eso nuestras demandas son más realistas y nuestras expectativas, menos irracionales. Al fin se comprende que la vida no es perfecta, ni tiene que serlo. Algunos hasta afirman que es cuando más apasionadamente se enamoran (de una persona, de un sueño, de un proyecto) y que, inesperadamente, surge la fuerza para cambiar y alcanzar todo lo que se ha buscado en las décadas anteriores.

No sé cómo han llegado otros a esta edad. Yo solo puedo hablar de mi.

Para ser sincera, llego un tanto diferente a como lo había planeado. En principio, no tengo la vida que había imaginado cuando tenía treinta, ni tengo todo resuelto como pensé que lo tendría. La verdad, llegué un poco aturdida de tanto vaivén, con las cicatrices de quien libró algunas batallas e intrigada por el desenlace de los asuntos aún irresueltos. No llegué tan liberada y empoderada como quería, ni he encontrada la respuesta a todas mis interrogantes. Pensé que arribaría con una sabiduría especial, esa que emana inexplicablemente de cada poro, para equivocarme menos. Pero no fue así. Llegué tan solo un poco más juiciosa, lo suficiente para equivocarme con más libertad. Pensé que la madurez me daría esa inquebrantable fuerza interior, esa que te da la seguridad de que puedes enfrentarlo todo. A cambio, tengo solo la necesaria para aceptar que faltan algunos desafíos y que, cuando lleguen, tal vez no baste la fortaleza. Por eso he aprendido a rezar, y luego, a rezar un poco más.

En cierta forma, también llegué un poco decepcionada, porque a pesar de todo lo vivido, no tengo la certeza de nada. Digamos que llegué con algunas contradicciones, sintiendo una mezcla de fragilidad y fuerza, de dudas y de confianza; con la tristeza por lo que se quedó atrás y con la satisfacción de haber sido valiente para dejarlo ir. Llegué envuelta en una especie de perspicacia y cuestionamiento ante la vida; frente a una inminente necesidad de hacer valer lo que quiero, y tomarlo o intentarlo, así el resto de mi vida se me vaya en ello.

Llego a estos años siendo madre, siendo hija, siendo amiga, siendo yo. Pude constatar que la maternidad le pone un sello particular al resto de mis relaciones. Ha resultado el más grande desafío porque me ha confrontado, en cada oportunidad, con quién realmente soy. Ha dejado salir todo; lo mejor y lo peor, y no ha habido escapatoria. Si algo he podido comprobar es que, con los hijos, no se puede fingir lo que no sé es. Así, llegué buscando perdonarme por mis más grandes desaciertos, reconociendo que, a pesar de ellos, ésta es la misión que con mayor esmero he realizado.

A cambio, llegué siendo más honesta y real, con menos prejuicios y preocupaciones absurdas, celebrando lo agridulce de esta travesía. Llegué con los planes trastocados, pero con la recompensa de una vida más auténtica. Llegué sin haber cumplido mis más preciados sueños; pero en lugar de ello, encontré algo mejor: saber que no eran míos.

Llegué sabiendo cómo divertirme más, obsesionarme menos y quererme mejor; mirándome con más asombro, sintiéndome hermosa y deseando haberme sentido así, cuando tenía veinte. Llegué queriendo lo mejor de la vida, sin conformarme con las cosas a medias, pero sabiendo que nada es ideal. Llegué ansiando lo que me enseña, lo que me enfrenta, lo que me da oportunidad de crecer, lo que me hace una mejor persona.

Llegué al otoño de mi vida con un corazón agradecido, hasta por aquello que alguna vez repudié. Llegué sabiendo lo triste que es cuando alguien se va, la sensación de vacío y desolación que esto deja y el tiempo que se requiere para aceptar que las personas cumplen una misión en nuestras vidas antes de partir. Pero a cambio, descubrí que cuando decides amar a alguien, jamás lo dejas de amar. Puedes creer que si, pero no. Y así, aprendí a amar a la distancia, y se que esto también es amor.

Ahora entiendo que debemos cultivar la confianza de que todo es perfecto; que cada cosa y cada persona están en el lugar correcto, y no hay necesidad de afanarnos. Ahora también se que algunas lecciones son demasiado rudas para aceptarlas así nada más, que necesitamos rebelarnos para aprender, antes de encontrar sosiego en la comprensión de lo sucedido. Ahora sé que la vida suele ser generosa con quien se equivoca, hace pausas, reevalúa y tiene el valor de emprender nuevos caminos.

He comprobado que, en cada nuevo trayecto, los amigos son pieza clave y están para ayudarnos a aligerar la carga; pero que, de la amistad, uno obtiene lo que da. Y así es en cada aspecto de la vida. Ahora se que el amor verdadero casi nunca llega al inicio de nuestro andar, que los amores previos nos enseñan a seguir los dictados de nuestro corazón, y que llega a nuestra vida quien tiene que llegar. Al fin comprendo que nadie puede hacerme feliz y que no puedo hallar en otro, lo que no tengo en mi interior.

Ahora se que no tengo que arrebatarle nada a la vida. Todo cuánto nos corresponde tener y experimentar llega a nosotros en el momento preciso, por el tiempo necesario, y de formas inimaginables. Así, he perdido amores, amigos, posesiones e ilusiones, pero con el tiempo he comprendido que no he perdido nada porque, en realidad, nada nos pertenece. No sé si son los cuarenta, la experiencia, o simplemente que ya era hora, pero por fin entiendo que todo es transitorio.

Tampoco sé si sea cierto que la vida empieza a los cuarenta, que tenemos dos vidas y que lo mejor está por venir. Albergo en mi corazón la esperanza de hacer con esta segunda mitad lo que no supe hacer con la primera. Albergo el deseo de aprender a escuchar con atención los susurros de mi alma, y que ésta me conduzca a donde estoy destinada a llegar. Y si algo he de pedir es que, cuando me toque partir, no hayan arrepentimientos, solo la tranquila aceptación de una vida vivida plenamente.

 

Gabriela Soberanis Madrid 
Dirección General Enfoque Integral
Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito
www.enfoqueintegral.com.mx

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