Referencialidad

. 7 de marzo de 2018

Por Iván Yglesias-Palomar

“Un buen líder lleva a las personas a donde quieren ir. Un gran líder las lleva a donde no necesariamente quieren ir, pero deben de estar”.
Rosalynn Carter

Cuando hablamos de liderazgo, en cualquiera de sus formas y vertientes, un tema recurrente es el de las características que debería mostrar un líder ideal. ¿Carisma? ¿Influencia? ¿Capacidad de negociación? ¿Comunicación persuasiva? ¿Visión estratégica? ¿Tal vez empatía? ¿Inteligencia emocional?

Sí, todas esas cosas son importantes, eso es indudable. Pero, en mi opinión, hay una cualidad que está por encima de cualquier otra, y que es algo así como una “meta-característica”; es decir, que si no existe previamente a las demás, el liderazgo no tendrá lugar. ¿De qué se trata? Pues es lo que yo llamo la Referencialidad.

Y digo “lo que yo llamo” porque esa palabra no existe, al menos en el diccionario de la Real Academia. Sí podemos encontrar “Referencia”, que en su cuarta acepción significa: “Base o apoyo de una comparación, de una medición o de una relación de otro tipo. Modelo”. Pues bien, referencialidad es para mí la capacidad que tiene una persona de convertirse en referencia, en servir de referente -modelo- para otras. Y me apostaría algo a que sólo así funciona el liderazgo.

¿Por qué? Para explicarlo, tiraremos nuevamente de diccionario, esta vez de la Wikipedia. Según ésta, el liderazgo es “el conjunto de habilidades gerenciales o directivas que un individuo tiene para influir en la forma de ser o actuar de las personas o en un grupo de trabajo determinado, haciendo que este equipo trabaje con entusiasmo hacia el logro de sus metas y objetivos.”

O sea, que -aceptando como válida la definición anterior, lo que es mucho aceptar- si quiero ser un buen líder, en gran parte será por mi capacidad de influir en el comportamiento de otros. Interesante. Y discutible, porque conozco sujetos muy influyentes, capaces de modificar las conductas de otras personas, pero no necesariamente generando entusiasmo en ellas; por ejemplo el Ministro de Hacienda; o un atracador de un banco; o un jefe que me abronca en un momento dado.

Así que, para que yo siga a un líder, éste debería influir en mí al mismo tiempo que me generase entusiasmo, ¿no? ¿Y qué tiene que suceder para que se den ambas circunstancias? Muy sencillo: que esa persona sea un referente para mí. ¿De qué tipo? Pues de cualquiera, siempre y cuando ese sujeto ocupe un lugar preferencial en mi cabeza. Por ejemplo, hay personas referenciales por su dominio técnico de una disciplina, otras por sus conocimientos, otras por sus valores, edad, sentido común, comportamiento histórico, éxitos acumulados, antigüedad en la Organización, etc. Cada persona elige las referencias que quiere, y, por supuesto, a sus portadores. Eso es para mí la Referencialidad.

Piénsalo bien. ¿Quién fue para ti un buen líder? Y no pienses en Mandela o en Gandhi, que eso no dice nada. Hablo de ti, de tu experiencia, de esa persona con la que coincidiste en algún momento de tu vida y dejó una huella imborrable en tu trayectoria y la forma en que haces las cosas. ¿Tu madre? ¿Un profesor? ¿Un antiguo jefe?…

¿Ya lo tienes? Ahora respóndete a estas sencillas cuestiones:

  • ¿Le admirabas, o aún le admiras?
  • ¿En qué aspecto? (Técnicamente, por su integridad, coherencia, valores, conocimientos…)
  • ¿Por qué era -es- admirable para ti? (Busca ejemplos)
  • ¿Qué cambios concretos ha generado en ti y tu manera de actuar?

Y ya tienes explicado el concepto de referencialidad. Y, de paso, también te has recordado por qué le seguiste, por qué generaba influencia en ti y por qué contaba con tu entusiasmo.

Por dar una última vuelta de tuerca al asunto, puedes profundizar en él haciéndote un poco de coaching a ti mismo. Por ejemplo:

  • ¿Cómo de importante es para ti parecerte a esa persona?
  • De 0 a 10, ¿cuánto te pareces a ella en ese factor referencial para ti?
  • ¿Por qué te has dado esa puntuación y no dos puntos menos?
  • ¿Cómo tendrías que ser -y/o actuar- para calificarte con dos puntos más?
  • ¿Qué primer paso quieres dar para conseguirlo?
  • ¿Cómo sabrás que lo estás logrando?
  • ¿Qué obstáculos podrías encontrarte?

A falta de nuevos propósitos para 2018, creo que esta es una forma genial de comenzarlo: esforzándote para que tu imagen coincida con la de aquél líder que te sedujo, multiplicando así tu compromiso y resultados. Y, si además tienes la responsabilidad de gestionar equipos, preguntándote qué puedes hacer para que ellos quieran parecerse un poco más a ti.

 

¡¡Feliz y desarrollador 2018!!

 

Iván Yglesias-Palomar.
Director de Desarrollo de Negocio de Atesora Group.

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