Lo mejor de la vida es que si bien no puedes desandar tus pasos, sí puedes iniciar nuevos caminos

. 29 de mayo de 2018

Roberto Celaya Figueroa

Cuantas veces no hemos oído, e incluso nosotros mismo dicho “de haberlo sabido”, y es que la experiencia sin duda alguna nos permite tener un conocimiento vivencial mayor que, al mirar en retrospectiva, nos hace ver como mejoraríamos lo hecho; la mala noticia es que el pasado no se puede cambiar, la buena es que el futuro sí.

Nadie nace sabiendo todo, y es más, me gustaría decir que nadie se va de este mundo habiendo sabido todo. Pero en ese inter tenemos un potencial enorme que nos permite aprender, y no solo aprender sino aplicar lo aprendido, y no solo aplicar lo aprendido sino a través de ello llegar a ser.

Esto último es el meollo de todo: llegar a ser, y si bien algunos confunden nuestra finalidad en la vida con el llegar a tener, una visión equilibrada de nuestra existencia nos debe llevar de manera natural a entender que el tener es un medio para llegar a ser.

Pero en este aprendizaje que vamos experimentando hay algo que a nadie nos gusta y que son los errores, las caídas, los tropiezos que en la vida sufrimos. Errores, caídas, tropiezos que si bien son una consecuencia natural de nuestra inexperiencia son a la vez el pago que tenemos que dar por conseguir dicha experiencia.

Pero lo que sucede es que en ocasiones nos quedamos viendo ese pago como si nuestra vida se hubiese ido en ello, cuando no vemos que hemos obtenido algo de mayor valía pues a cambio de un error, de una caída, de un tropiezo, hemos llegado a obtener experiencia, sí, pero también a transformarnos en una persona diferente de la que éramos.

Y es en esto precisamente donde debemos prestar atención, ya que si nos quedamos viendo el error, la caída, el tropiezo, podemos dejar de aquilatar la experiencia adquirida y por ende dejar de usar ésta en la construcción de nuestro proyecto de vida.

Dicen que el ser humano es el único que tropieza dos veces con la misma piedra, yo diría que no sólo dos sino incluso varias veces; pero esto sucede porque no se aquilata la experiencia sino que al contrario se vive viendo el error, la caída, el tropiezo, como lo que definió nuestra vida, y ahí es cuando pagamos un costo doble: el de la caída propiamente dicho y de la experiencia que no aprovechamos.

Está bien dolerse y condolerse de los errores, caídas o tropiezos que experimentemos, de otra forma no habría manera de reconocerlos ni mucho menos de hacer nuestra la experiencia que de ellos deviene, pero el fin de los mismos no es sabotear nuestro proyecto de vida sino de darnos mayores elementos de conocimiento, sabiduría y conciencia que nos permitan avanzar en la construcción de nuestro proyecto de vida y concluir en un mejor hacer, un mejor tener y un mejor ser.

La experiencia acumulada nos permite ver las mejores formas de ser y de hacer, y más que mirar el costo que hemos tenido que pagar para obtenerla, hay que ver eso como una inversión para explotar nuestro potencial, después de todo lo mejor de la vida es que si bien no puedes desandar tus pasos, sí puedes iniciar nuevos caminos.

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
Formación • I+D+i • Consultoría
Desarrollo Empresarial – Gestión Universitaria – Liderazgo Emprendedor
www.rocefi.com.mx

 

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