Libro: EL PRESTAMISTA DE SUEÑOS

. 14 de mayo de 2018

EL PRESTAMISTA DE SUEÑOS

El JAV I E R  MA NJ Ó N

javier manjon

Autor | Javier Manjón 

Nací el verano de 1972 en Valladolid (España), poco antes de que dieran comienzo los XX juegos olímpicos, un evento deportivo que es considerado por muchos, como la mayor expresión humana de superación y búsqueda de un sueño.

Bachelor of Arts in Business and Marketing, por University of Hertfordshire, y Graduado  en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Europea Miguel de Cervantes. He realizado estudios de postgrado en Inteligencia competitiva en Universitat Pompeu Fabra, así como Gestión del cambio e innovación organizacional.

Mis áreas de especialidad profesional son el marketing, la innovación y la gestión del cambio en personas y empresas. Como directivo y formador, he impartido docencia, jornadas y seminarios en numerosas universidades, escuelas y centros de negocio. Es precisamente mi experiencia en el mundo empresarial y universitario, el que me ha impulsado a escribir esta novela bajo el título, El prestamista de sueños.

Muchas gracias por el tiempo y la atención prestada. Reciba un cordial saludo.

 

 

perstamista de sueñosCALIGRAMA

Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta obra son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados de  manera  ficticia.

 

El prestamista de sueños Primera edición: febrero 2018 ISBN: 9788417335717

ISBN eBook: 9788417335427
© del texto:
Javier Manjón
© de esta edición:  2018
www.caligramaeditorial.com info@caligramaeditorial.com
Impreso en España – Printed in Spain

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«Cualquier cosa que puedas soñar, puedes empezarla. El valor encierra en sí mismo genio, fuerza y magia».
Johann Wolfgang von Goethe

 

Capítulo 1

El cielo se hallaba colmado de estrellas, diminutos aljófares tan resplandecientes que casi podían acariciarse. Pero Rashid per- manecía ajeno a aquel consuetudinario espectáculo. Su sombra, dibujada por los trazos de una exigua luz procedente de una lamparita de hierro forjado, se movía con agilidad por el interior de una jaima rectangular que, junto a otras once, formaba parte del campamento familiar.

Mientras todos dormían, el chiquillo había pergeñado los preparativos para el largo viaje que se disponía a emprender. Llevaba semanas meditándolo. Acababa de cumplir doce años y, a pesar de su corta edad, era consciente de la formidable aven- tura que tenía por delante y no quería que ningún descuido lo echase todo a perder.

El pequeño clavó las rodillas frente al equipaje para efectuar la última comprobación antes de partir. Además de un odre con agua, tan solo llevaba unas pocas prendas, queso de cabra, pan de pita y algunos dátiles. No era mucho para empezar. Fue en- tonces cuando se le ahogó el alma: entre sus ínfimas pertenen- cias, no localizaba el fez que siempre cubría su oscuro cabello. Ese gorro era un regalo de su abuelo paterno y, desde que lo tuvo entre las manos, le traía buena suerte. O eso al menos creía Rashid. Debía encontrarlo cuanto antes; no podía irse sin él.

Sus centelleantes ojos de azabache se esforzaban por loca- lizarlo entre los utensilios, ropajes y cacharros esparcidos por la tienda. El muchacho sentía cómo el desasosiego serpenteaba entre sus entrañas hasta que, por fin, lo divisó junto a algunos enseres de Jaled, su hermano mayor. Al verlo, cerró los párpados de forma instintiva, como si ese gesto fuera un requisito previo para sumergirse en la sensación de alivio que envolvería todo su ser. «Ha llegado el momento», pensó mientras cubría sus pose- siones con un pedazo de tela de lino bañada en resina.

Aún no habían brotado en el horizonte los primeros rayos de sol, cuando Rashid desató las correas de cuero que amarraban, en una esquina, dos de las lonas de la jaima. Con absoluto sigilo, asomó entre ambas telas su pequeña nariz. La noche era más fría de lo que cabía esperar. El muchacho, con precaución, decidió cubrirse con una raída chilaba de lana, tejida hace años por su madre. Esta había abrigado a su hermano y a él, e incluso a alguno de sus primos, pero lo protegería de las bajas temperaturas que reinaban a primeras horas de la mañana. Ataviado de aquel modo, apartó uno de los paños con la mano izquierda, mientras que con la otra sujetaba el hatillo que contenía sus escasos bienes. Inspiró con profundidad y se deslizó hacia el exterior. En ese instante, un escalofrío le recorrió la espalda hasta alcanzarle la nuca, donde percibió un ligero pero desapacible cosquilleo.

El niño quedó paralizado, con los ojos clavados en una enorme luna llena que gobernaba el firmamento. Una inusitada duda golpeteaba su ánimo, acrecentándose a medida que transcurrían los segundos. «Ahora no puedo echarme atrás», pensó sin dejar de observar el astro que iluminaba su semblante. «Ahora no», se repitió mientras iniciaba la marcha.

Guiado por el atlas de las constelaciones, que Rashid domi- naba con soltura desde hacía un par de años, caminó durante horas sin apenas detenerse. No quiso volver la vista atrás; debía alejarse del campamento cuanto antes. El chiquillo era conscien- te de que pronto lo echarían en falta y acudirían en su búsque- da. Pero, en aquella ocasión, la naturaleza estuvo de su parte. Con las primeras luces del día, una ventisca procedente del este comenzó a barrer las huellas impresas en la arena del vasto de- sierto. El pequeño creyó entonces que el viento era su aliado. Nadie advertiría ya su rumbo. Con esa certeza, decidió dar una tregua a sus piernas descansando en un paraje arbolado, que vislumbró a poco más de una legua.

Al acercarse al palmeral, lo reconoció de inmediato. Había estado allí acampado con su familia en varias ocasiones. Ese recuerdo le encogió el corazón y a punto estuvo de derramar alguna lágrima, que contuvo con esfuerzo. «Has de ser fuerte, Rashid. Los hombres no lloran», pensó mientras avanzaba. Por un momento, casi le pareció haber escuchado la recia voz de su padre. Trató de reponerse pensando en la loable meta que lo inspiraba. Mientras tanto, se sentó bajo una gruesa palmera en la que apoyó su fatigada espalda. Una vez acomodado, primero quiso calmar la sed. No le preocupó vaciar el odre, pues podría reponer el agua en aquel mismo lugar. A continuación, abrió el hatillo y extrajo un pedazo de pan de pita y algo de queso. Su estómago reclamaba a esa hora algo de alimento.

El chiquillo se disponía a almorzar cuando, entre algunos árboles cercanos, asomó un pastor de edad avanzada. El anciano conducía un pequeño rebaño formado por varias decenas de ovejas de raza awassi y algunas maltrechas cabras. Al ver al niño solo allí sentado, no dudó en acercarse para poder saciar su des- hilachada curiosidad.

—¿Quieres un poco de leche? —el hombre tenía buen corazón, pero también sabía que de ese modo se ganaría la con- fianza del niño-. Puedes ordeñarla tú mismo.

—No, gracias —le dijo el muchacho envuelto en dudas.

—¿Estás seguro? Te advierto que cualquiera de mis ovejas da la mejor leche que hayas probado nunca. ¿O acaso no sabes ordeñar? —El anciano apuntó al rebaño con un cayado. Llevaba varios días sin hablar con nadie y no pensaba darse por vencido a las primeras de cambio.

-¡Claro que sí! Ya tengo doce años.

—Demuéstralo entonces —el pastor aguijoneó al pequeño sabiendo que su orgullo lo haría reaccionar más pronto que tarde—. Vamos, no te quedes ahí parado, ¿o crees que alguna de mis ovejas vendrá hasta aquí por sí sola? ¿Tal vez tienes poderes mágicos? —el viejo comenzó a reír, mostrando así el deplorable estado de su mermada dentadura.

Tras vacilar unos instantes, el muchacho se levantó raudo. Nadie iba a mofarse así como así de su apellido. Los Ashour cui- daban del ganado desde hacía muchas generaciones, y estaba dispuesto a demostrárselo a aquel desconocido fanfarrón.

-¡Vaya, veo que la sangre sí corre por tus venas! Puedes coger esa vasija —el anciano estaba satisfecho por lo que parecía ser su primera victoria—. Elige bien. ¿Sabrás hacerlo?

El niño tomó el recipiente y, con decisión, se acercó al animal de aspecto más saludable. Bajo la atenta mirada del pastor, ordeñó a la oveja en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Satisfecho? —Rashid se sintió victorioso.

-Ya lo creo. -el hombre guardó un deliberado silen- cio—. ¿Sabes?, podría decirse que has nacido para esto —le dijo impresionado.

—Llevo ordeñando toda mi vida —alardeó el muchacho.

-No lo pongo en duda. ¿Cómo te llamas, hijo?

—Rashid Ashour —le dijo con orgullo—. Mi padre me enseñó a ordeñar, y mi abuelo le enseñó a él. Así ha sido siempre en mi  familia.

-¿Siempre? Eso es mucho tiempo -bromeó el anciano-. ¿Y

de dónde eres, Rashid Ashour?

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