Libertad de Pensamiento

. 3 de noviembre de 2017

gabriela-soberanis-madridPor Gabriela Soberanis Madrid

“Sé que solo hay una libertad: la de pensamiento.”
– Antoine de Saint-Exupery

Durante muchas etapas de mi vida me esforcé en parecerme a los demás. Invertí grandes cantidades de energía y tiempo tratando de pensar y ser como otros. Supongo que algunos comprenden a qué me refiero. Se trataba de construir un tipo de vida que fuese aceptada. No se específicamente por quiénes, pero al fin, aceptada. Entonces uno hacía lo que fuese necesario por tener determinadas amistades, estudiar una carrera específica y encontrar la pareja ideal. “Amigos que no sean una mala influencia, y que tengan algo en común contigo. ¿Novios? Uno, y que sea formal, desde luego. Que no te haga perder el tiempo. Y si, hay que estudiar. Las mujeres de ahora deben estudiar, saber algo más que ser amas de casa. Pero, después de la universidad, cásate enseguida, porque no se puede esperar tanto para tener hijos. Y no pienses en tener solo uno, pobrecito, estará solo. Piensa en su futuro y dale aunque sea un hermanito. Y si vas a trabajar, no te olvides que la familia es primero. Busca un trabajo de medio tiempo que te permita atender tu casa y a tu marido. Todo puede esperar, menos crecer a los hijos.  Cuando ellos se vayan, serás libre de hacer lo que te plazca.” Y me detengo aquí, en medio de este discurso que algunos recibimos explícita o implícitamente, para preguntarme cuántos paradigmas y contradicciones hay detrás de esta hilera de expectativas y planes.  La perorata podría haber continuado con algo como esto: “… Y al estudiar, considera una carrera que te permita un ingreso decoroso; nada de andar explorando tus talentos y ganando tres pesos haciendo lo que te gusta. Si te casas, que mejor sea por la iglesia para que realmente cuente. Y cuando tengas a los hijos, es porque puedes darles un lugar digno donde vivir, educación de calidad y oportunidades al por mayor. Y Dios nos libre que se te vayan por el mal camino. Tu sabes, caigan en las drogas, o lo que es peor, quieran estar con alguien de su mismo sexo. ” Y claro, en algún punto uno piensa que todo eso tiene sentido. ¿Quién quiere ganar tres pesos y pasar hambre, ver a su hijo caer en las drogas, divorciarse por deporte o pasarla mal por la razón que sea?

Sin embargo, no se puede construir una historia inmaculada sin cumplir con algunas demandas irracionales, imprescindibles para pertenecer a ese selecto grupo de personas que lograron lo que se esperaba de ellos. Y por lo que veo ahora, no era tan selecto: éramos la mayoría haciendo lo mismo y viviendo vidas similares. O mejor dicho, intentando vivir a la altura de esas exigencias, sin claudicar en el intento, así la vida se tornara miserable. Y, claro, aquellos pocos que se atrevieron o tuvieron la desgracia de vivir algo diferente, se les miraba con una pseudo compasión teñida de superioridad.

Para algunos, un tanto turbados de querer cumplir con todo, llega el momento en que empezamos a hacernos algunas preguntas ¿A quién le pertenecen estas aspiraciones? ¿De quién son esas creencias? ¿Quién espera de nosotros todo eso? ¿Nuestros padres, la sociedad, Dios? ¿Todos ellos juntos?

Sin duda, la influencia de nuestros cercanos y los medios de comunicación, que nos bombardean constantemente con estereotipos sobre una infinidad de temas, generan un ruido interno que nos dificulta escuchar con atención nuestra propia voz y pensar por  nosotros mismos. Pero, en estricto sentido, no hay nada que nos impida preguntarnos si el origen de nuestras decisiones es auténtico y si estamos viviendo la vida que queremos. Excepto, claro, el miedo a descubrir que no es así.

Si somos lo suficientemente sensatos, algunos aprovechamos las vicisitudes del trayecto como pretexto para replantearnos lo que pensamos y sentimos en relación a esos asuntos que determinan el rumbo de nuestras vidas: la familia, la pareja, el matrimonio, la unión libre, los hijos, la educación, la homosexualidad, la infidelidad, el divorcio, la igualdad de género, el racismo, la eutanasia, el suicidio, la violencia, las adicciones, la espiritualidad, Dios, la religión, la autoestima, el trabajo, el dinero, las enfermedades, la muerte. Y la lista crece conforme entendemos que hay tanto qué cuestionarnos para poder adquirir una verdadera comprensión del mundo, que empezamos a sentir que una vida no bastaría para ello.

Y no deberíamos darnos el lujo de no conocer nuestra postura ante esos temas, porque lo que creemos respecto a ellos, es lo que define el tipo de vida que tenemos. Y no me refiero a una postura donde nos erijamos en jueces, estando o no de acuerdo. Eso lo hace cualquiera. Me refiero a la postura que proviene de una reflexión profunda, donde hemos considerado lo que sabemos, lo que sentimos, lo que ignoramos, lo que pensamos y lo que hemos vivido, y que deriva en conclusiones que nos serenan, que acallan nuestros conflictos internos y nos hacen más comprensivos con nosotros mismos y con los demás.

Así, pensar por nuestra cuenta resulta un aspecto fundamental de nuestra evolución, porque es lo que permite que vivamos conforme a lo que es más importante para nosotros, y nadie debe decidir por nosotros lo que esto significa. La libertad de pensamiento no es un asunto de rebeldía, como la mayoría supone. Nada de eso. En el proceso, no hacemos lo que nos place; todo lo contrario, hacemos pausas para poner en duda las cosas, exponer a la revisión y la crítica lo que dábamos por cierto y explorar posturas distintas a las nuestras. La autonomía de pensamiento incluye una absoluta responsabilidad sobre nuestras ideas, y hace un llamado al análisis y la consideración de argumentos razonables que encauzan nuestra vida hacia propósitos más elevados.

Desde luego, no basta con querer independizarnos de las imposiciones externas y encontrarnos con lo que nosotros pensamos. Para poder hacerlo, tenemos que renunciar también a nuestros prejuicios y estereotipos. No podemos romper paradigmas si no nos descontextualizamos de las ideas rancias que rigen nuestra época, y lo que es peor, nuestras vidas. Pero aún si queremos esto, tendríamos que preguntarnos ¿para qué? ¿cuál es el propósito de hacer valer nuestro derecho a pensar por nuestra cuenta?

Como yo lo veo, una razón es la de expandir nuestra conciencia, y con esto, hacer cambios de valor en nuestro entorno. En todas las esferas de la vida se requieren hacer cambios, esos que provienen de conectar con ideas universales e inclusivas y de ensanchar nuestra cosmovisión, al mismo tiempo que nos ponen en contacto con los límites de nuestra ignorancia. Pero considero que existe otra razón importante: la libertad de cometer nuestros propios errores, y responsabilizarnos por ellos. Creo en la libertad de pensamiento porque creo en la imperfección humana. Si todos nos equivocamos, si todos cometemos errores ¿hay algo peor que equivocarnos con ideas u opiniones que no son nuestras?  

Así, he podido confirmar que un librepensador es una persona valiente.  Sí, porque pensar como la mayoría no representa mayor desafío; en cambio, tener opiniones propias es salirnos de lo convencional y correr el riesgo de equivocarnos o de que nos rechacen (o las dos cosas). A diferencia de lo que pudiéramos pensar, si cultivamos la autonomía de pensamiento, también cultivamos la humildad. En el camino de aprender a pensar por nuestra cuenta, se renuncia a la jactancia en cualquiera de sus facetas, pues se tiene claro que las conclusiones son provisionales y que, en tanto nos mantengamos receptivos, en cada oportunidad, éstas se pueden transformar.

Con esto, queda claro que no debemos entender como libertad de pensamiento una cualidad que va en contra de nada ni de nadie. Se trata de un camino donde prevalece la introspección, con el fin de convertirnos en personas más deliberativas, capaces de encontrar el consenso en medio de las divergencia, y ser agentes de cambio en toda la extensión de la palabra.

Debo decir que me considero una librepensadora, tengo una mente activa y no doy por sentado nada. Le doy prioridad al análisis de los convencionalismos imperantes antes de adoptar una posición ante ellos, pero una vez aclarada mi postura, procuro vivir conforme a mis conclusiones y no a las ideas que se imponen desde el exterior. Pensar por mi cuenta ha representado ser crítica frente a mis propias ideas y considerar otros puntos de vista para ver lo que antes no veía, y ser capaz de incorporar nuevas perspectivas a mi mundo interior. Desde luego que ha implicado correr riesgos, porque una vez que descubres que algo que creías cierto, no lo es, solo queda emprender otro camino, o conformarse. He procurado que nunca sea lo segundo, y me siento bien por ello. En el proceso de adquirir autonomía en mis criterios, he fallado y he acertado, pero en todos los casos, sin importar el resultado, he sido fiel a mi misma, y eso es grande, porque significa que me he valorado lo suficiente para respetar mis ideas y hacerlas contar. 

 

Gabriela Soberanis Madrid 
Dirección General Enfoque Integral
Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito
www.enfoqueintegral.com.mx

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