La transformación detrás de las pérdidas

. 18 de septiembre de 2017

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Por Gabriela Soberanis Madrid

“Las dificultades están destinadas a despertarnos, no a desalentarnos. El espíritu humano crece a través de la adversidad.” William Ellery Channing 

Escribo estas líneas pensando en aquellas pérdidas que, a primera vista, parecen irreparables; las que nos obligan a hacer un alto en el camino y replantearnos casi toda nuestra existencia; las que nos producen un dolor desgarrador, marcando nuestras vidas para siempre y por las que nunca volvemos a ser los mismos.

No conozco una sola persona que no haya atravesado algún tipo de pérdida: un divorcio, una enfermedad, problemas legales, dificultades económicas, la falta de un trabajo, el fin de una adicción, o quizás la más temida de todas: el deceso de un ser amado. Si, todas son pérdidas. Perdemos una relación, la salud, nuestra libertad, lo conocido, la seguridad, el control, o a alguien a quien amamos; y con esto, casi siempre, nuestro deseo de vivir plenamente. La creencia fija e inalterable de que algunas pérdidas son irremediables nos deja devastados y añade mayor intensidad a nuestro dolor, desterrando toda posibilidad de volver a sentirnos vivos y felices.

Como la gran mayoría de la gente, he tenido mi dosis de penas y tristezas, he vivido pérdidas decisivas de las que creí que jamás me recuperaría, o que lo haría, pero solo parcialmente, al punto en que mi vida no volvería a tener verdadero sentido. Los que se sienten identificados hasta aquí, comprenden que se trata de un período de gran aflicción y confusión emocional que, a veces, se torna en un calvario que no parece tener fin. En cuanto a mi propia experiencia, muchas de mis pérdidas las viví en una interrogación constante, empeñada en encontrar una respuesta lógica que explicara la razón de esos sucesos. El deseo siempre era el mismo: hallar comprensión y consuelo.

Hay quienes piensan que las cosas simplemente ocurren. Yo pienso que ocurren por algo. Sin embargo, una resolución como ésta, tan simplista, no atiende puntualmente al legítimo cuestionamiento de por qué ocurre esto o aquello. En lo que a mí respecta, yo quería hallar un significado de valor que justificara mi tragedia y, aunque fuese mucho pedir que, incluso, me permitiese seguir adelante con la tranquilidad de un mayor entendimiento por lo ocurrido. Pero a veces, solo la confusión y el vacío extremo permite que algunos tengamos ese momento de lucidez, donde somos conscientes de que ya no sabemos qué más hacer con tanta desdicha, para pedir – o mejor dicho, implorar – a ese Dios de nuestro entendimiento – o quien sea que nos pueda escuchar y hacer algo por nosotros -, que nos quite esa indescriptible desolación y nos muestre el camino hacia la aceptación y la paz. En este punto, donde el sufrimiento nos ha rebasado, estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para abandonar nuestro dolor. Algunos, con esa ayuda sobrehumana, empezamos a ver un poco de luz en medio de las tinieblas y comenzamos a resignificar nuestras pérdidas.

Resignificar las pérdidas es saber que sí, todo ocurre por algo y para algo. No es nada más porque si; y que, en realidad, nunca perdemos nada. Las cosas solo cambian, se transforman, ocupan un lugar distinto, pero no perdemos nada ni a nadie. Sin embargo, la realidad es que, mientras comprendemos esto, sentimos que nuestro mundo se cae a pedazos, arrasando con todo lo que era importante para nosotros, sin que tengamos tiempo de reparar o recuperar algo. Pero justo ahí, en medio de nuestras más grandes crisis, está la invaluable oportunidad de adquirir una visión más clara de lo que es real y tiene valor. Las “pérdidas”, por definitivas que parezcan, solo son transmutaciones y tienen la finalidad de despertar nuestra conciencia y abrirnos al amor. Son esos eventos que nos doblegan interiormente los que pueden darnos la posibilidad de aprender del amor en toda su magnitud. Esto es lo más importante que debemos saber. Podemos seguir torturándonos y preguntándonos porqué ha ocurrido algo, seguir reprochando a otros, a Dios, o a la vida misma, seguir sintiéndonos culpables o enojados,  pero no habrá nada que apacigüe nuestro tormento más que la comprensión de que la única respuesta que existe para cualquier adversidad, es el amor.

La respuesta siempre es el amor. Esos sucesos se presentan en nuestras vidas para que despertemos a la verdad de que estamos aquí para amar; y para aprender a hacerlo de forma incondicional, sin reservas y sin condiciones. Esta es la razón por la que la vida nos ofrece eventos desafiantes: para que descubramos nuestras más brillantes cualidades, para que tengamos la oportunidad de crecer, para que aprendamos a valorar lo que realmente importa, pero por encima de todo, para que aprendamos a amar de verdad. Paradójicamente, sólo trascendiendo las dificultades es que sabremos el verdadero significado del amor. Así, y solo así, llegamos a la convicción de que, en la economía de Dios, nada se desperdicia. Todo es para un bien mayor, aún cuando nuestro intelecto tenga dificultades para aceptarlo de esta forma.

Por lo tanto, aceptar nuestras “pérdidas” significa admitir el carácter transitorio y el cambio constante que impregnan nuestras vidas, y conferirle una naturaleza más espiritual a cada situación que nos ocurre. Saber que la separación física de las cosas y las personas es solo temporal porque la pertenencia y la comunicación permanece en otros niveles, nos lleva a reconsiderar muchos aspectos de la vida. Sin embargo, es esencial para el crecimiento de nuestro espíritu descubrir estas nuevas formas de relacionarnos con lo que ya no está. Solo desde una aceptación más serena de nuestras circunstancias podremos replantearnos la forma en que nos amamos a nosotros mismos y a otros, y preguntarnos si ahora es necesario que lo hagamos con mayor consciencia, con genuina aceptación, desde el perdón o, quizás, a la distancia.

Cuando comprendemos que detrás de cada desgracia siempre hay una bendición oculta y una lección qué aprender, nuestra vida comienza a adquirir sentido nuevamente. Pero el camino que lleva a este discernimiento no es llano. Hay muchos obstáculos que nos impone nuestro ego y que solo un alma valiente y decidida puede sortear. Necesitaremos vencer las dudas, el desánimo, la rebeldía, la desesperanza, la culpa, el resentimiento, y la autocompasión. No es un viaje terso, porque requiere disposición y sobretodo, el deseo auténtico de dejar de sufrir y de despojarnos de todo aquello que creíamos cierto hasta hoy. Exige la transformación de nuestras creencias y la forma en que evaluamos los reveses de la vida. Requiere que aceptemos nuestra nueva realidad con una perspectiva renovada de la vida y del amor.

Las personas sentimos las pérdidas de formas muy diferentes, pero el proceso de “dejar ir” es muy similar en la mayoría de la gente. Cuando dejamos ir, aceptamos que eso que hemos vivido es justo lo que necesitábamos para continuar con nuestro crecimiento, eso que “perdimos”, por doloroso que haya sido, es exactamente lo que estaba previsto para acercarnos a nuestra verdadera capacidad de amar y era el medio para que pudiésemos darle un sentido más profundo a nuestras vidas. Tenemos la certeza de que así es, porque si las cosas tuvieran que ser de otra manera, lo serían. Cuando soltamos, finalmente estamos en condiciones de ver la bendición oculta, la lección detrás de la adversidad. Estamos en condiciones de ver nuestra realidad sin ningún reparo, mirar lo que realmente hay en ella y edificar desde la consciencia un estado interior que albergue la posibilidad de cumplir con nuestra misión en este mundo.

Deseo que esta reflexión infunda esperanza a aquellos que hoy sufren alguna pérdida. Que sepan que sí hay una razón por la cual ocurren los infortunios, y que esa razón siempre es absolutamente benévola. Es verdad que toma tiempo verlo así y abandonar el conflicto en nuestro fuero interno por lo que ya no tenemos, conciliarnos con nuestras nuevas circunstancias, erradicar el miedo y comprender que no hay nada qué temer, que todo es perfecto para nuestra evolución y de los que amamos.

Que Dios nos ayude a encontrar paz interior y aceptación. Nos permita perdonar y ser perdonados para que aprendamos a amar sin condiciones, viendo el reflejo de nuestra alma en nuestro prójimo y sintiéndonos genuinamente unidos a nuestros semejantes, sabiendo que éste es el verdadero sentido de la vida. Que con un un corazón agradecido dejemos ir todo aquello que está destinado a ocupar un lugar diferente al que quisiéramos, sabiendo que hay un motivo muy poderoso para ello: El amor.

 

Gabriela Soberanis Madrid 
Dirección General Enfoque Integral
Consultoría, Capacitación y Coaching para el éxito
www.enfoqueintegral.com.mx

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