En la lucha nos es permitido tomar un descanso, ¡pero nunca claudicar de conseguir nuestras metas!

. 24 de julio de 2017

Por Roberto Celaya Figueroa

Se dice que por lo general el problema no es plantearse la meta, sino conseguirla. Esto se debe a que la meta puede deberse a cuestiones personales y profesionales y responder sea a necesidades o deseos de cada quien, pero en el caso de la consecución de las mismas, esto solo se logrará a través de estrategias, acciones y operaciones y en el largo camino es posible que llegue el momento en que uno se sienta cansado, ante esto tomarse un respiro es lo mejor.

Dos situaciones son las que dificultan ese avanzar en la consecución de las metas: la primera es que aunque se tengan contempladas acciones para la consecución de las metas, es posible que esas acciones no sean las correctas, lo cual implicará reorientarlas una vez que se determine que no nos ayudan para lograr la meta planteada, pero para entonces ya se le habrán destinado recursos. La segunda situación se refiere a que la consecución de una meta, sobre todo cuando son metas importantes y trascendentes, generalmente lleva tiempo, tiempo en el cual se desarrollan las acciones y se van obteniendo resultados parciales.

 

De lo anterior es normal, lógico e incluso deseable (más delante explicaremos por qué de esto último) que uno se sienta cansado, abrumado o desilusionado al grado de querer claudicar en la búsqueda del logro de esa meta. Pero veamos las cosas desde otra perspectiva: Si las metas que realmente valen la pena pudieran ser obtenidas rápidamente y con un esfuerzo mínimo, no sucedería un milagro en nosotros mismos que es el de forjar nuestro carácter. Así como el trabajo rudo hace a la gente fuerte físicamente hablando, las vicisitudes que experimentemos en el camino hacia nuestras metas nos darán una fortaleza interna a toda prueba.

Anteriormente mencionamos que un estado anímico de desmotivación es una consecuencia normal y lógica y así hay que verlo. Nuestro cuerpo es muy sabio, si incluso una máquina necesita dejarse reposar so pena de que se descomponga, con más razón nuestro organismo. La consecución de una meta implica aplicación de recursos y la concentración de fuerzas de nuestra parte, esto genera un desgaste físico, pero más mental y emocional. De ahí que lo más normal para subsanar este desgaste sea que nuestro ser detenga el flujo de recursos para recuperase, y es ahí cuando, como se dice vulgarmente, nos venimos abajo.

También se mencionó (y ahora es el momento de aclararlo), que este estado anímico negativo es de alguna forma incluso deseable, ¿por qué decimos esto?, porque una situación como la planteada nos trae de vuelta a la realidad, nos muestra como las personas finitas y limitadas que somos y nos genera esa capacidad llamada empatía de llegar a comprender a quienes caen en la batalla diaria. En otras palabras, nos genera humildad personal.

Dicen que se aprende más de una caída que de una victoria, y así es, pero también se aprende más de un bajón anímico en el fragor de la lucha diaria que de avanzar constantemente a la meta sin detenernos. Estos bajones nos generan otras capacidades: como la de reflexión, introspección, incluso de valorización de quienes están a nuestro lado en esos momentos. Nos hace uno con los demás y nos permite compartir y compartirnos.

Por otra parte, el mundo actual, exigente y competitivo, nos ha vendido la idea de que no podemos detenernos por un momento en nuestra lucha diaria, y no es así, el querer responder a esa idea genera estados físicos y mentales negativos pues llevan a nuestro ser más allá de sus límites. Es como cuando se estudia toda la noche para un examen, el resultado no es igual que si ese estudio se hubiera espaciado en varios días o semanas permitiéndonos asimilar de una manera integral la información.

Pretender llegar a la meta sin detenernos en ningún momento no es sano, normal ni lógico. Pretender que cuando venga ese bajón emocional se tirará todo por la borda, tampoco es sano, normal ni lógico.

Ahora bien, el tomarse ese descanso es riesgoso pues pasar del frenesí de la actividad al sosiego de la calma puede hacernos desistir de nuestra lucha. Lo que yo recomiendo es, sí, tomarse ese descanso, pero dedicarlo a dos grandes reflexiones: ver hacia atrás y ver hacia adelante.

Por ver hacia atrás, y para que el estado negativo anímico no termine por abatirnos, me refiero a hacer un recuento de los logros que hasta ese momento se han tenido. Es obvio que si se ha llegado a un estado de cansancio es porque se ha avanzado, poco o mucho pero se ha avanzado, ¿por qué no contar aquellos pequeños logros que en el andar se han obtenido en vez de contemplar lo que aún no se obtiene?

Por su parte ver hacia adelante se refiere a pensar y repensar las estrategias, acciones y operaciones que contemplamos deban realizarse para continuar luchando por nuestra meta. Esto es muy útil pues se tiene la información de lo logrado hasta ese momento, tanto de lo que ha resultado como de aquello que no ha tenido éxito. Con esto podemos ver lo que nos falta por hacer y evaluar las acciones futuras.

Cuando las fuerzas disminuyan, cuando la motivación decaiga, cuando el cansancio apriete, podemos detenernos un momento, ver lo que hasta ese entonces hemos logrado y repensar las acciones que en breve emprenderemos, después de todo en la lucha nos es permitido tomar un descanso, ¡pero nunca claudicar de conseguir nuestras metas!

 

Roberto Celaya Figueroa, Sc.D.
Formación • I+D+i • Consultoría
Desarrollo Empresarial – Gestión Universitaria – Liderazgo Emprendedor
www.rocefi.com.mx

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