La fascinante ternura.

. 7 de septiembre de 2017

Por  Ricardo Gómez Solís

En nuestro camino hemos aprendido a amar y a ser amados, así como también seguramente hemos aprendido lo contrario: a reprimir el dar amor y el dejar que otros nos amen. Hace unos días escuché en una conferencia que la ternura es la emoción que nos brinda esencialmente seguridad, y así lo creo, la ternura amigos míos es el primer paso para sentir y por lo tanto brindar seguridad; y fíjense ustedes en aquel pequeño niño que acaba de caer y ante el golpe rompe en llanto; la mamá, maestra en la ternura, lo que hace es abrir sus brazos, crear un espacio de ternura, de apertura que lo que genera no es otra cosa que seguridad en la vida de ese pequeño: “aquí puedes estar seguro”.

Los invito, antes de continuar leyéndome a recordar esos espacios de seguridad en nuestra vida. Quizás provienen de mamá, quizás de papá, quizás de un buen amigo, de una persona cercana, de un psicólogo, de tu propia pareja. ¿Ya lo recuerdas? Eso que sentiste en ese abrazo y en esa zona de seguridad se llama ternura y desde allí es que quiero que reconectemos y reaprendamos el profundo significado que tiene la presencia y la ausencia de la ternura en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestra cultura y sociedad.

Desde mi impresión, y esto lo digo porque no es mi afán tener la razón, el juicio de la ternura como una emoción débil y enemiga de la lógica y de la razón nos ha llevado a crear espacios de aprendizaje que nos alejan de lo que en esencia somos: seres humanos creados en el amor. Más allá de nuestra cultura y nuestras raíces, más allá de nuestra historia y nuestras experiencias; fuimos creados en el amor. Más pareciera que conforme fue pasando el tiempo aprendimos que el amor no se demuestra, que el amor es solo para románticos, que el amor solo es para la pareja, que el amor es para las mujeres, que el amor no entra en la oficina, en el trabajo, en la empresa, que el amor es… un sinfín de expresiones que demeritan el acto de amar a otras personas. Incluso en nuestro lenguaje se demuestra este hecho diciendo solo “te quiero” en vez de decir “te amo” o declarando en plural para que no lo tomen tan personal: “se le quiere”, “le queremos”.

La ternura no solo es la emoción que genera seguridad, es la emoción que abre más posibilidades en nuestro presente; ya que de ella emanan la empatía necesaria para comprender y legitimar al otro ser humano como ser humano; emana la comprensión, el acompañamiento, las ganas genuinas de escuchar al otro dejando de lado lo que quiero que me diga y escuchando de verdad lo que tiene por decir; la ternura es la emoción que genera apertura, disponibilidad, entrega, servicio desinteresado. La ternura, esa emoción tan acribillada, es la emoción que mueve al mundo en un camino de paz y de justicia, de solidaridad y entusiasmo; es la emoción que crea vínculos, mueve hacia lo imposible y hace que reverdezcan las relaciones desérticas; es la antesala del perdón y el camino de la felicidad.

En nuestras familias quedan pocos espacios para vivir y habitar en la ternura y son pocos no porque no los haya, sino porque no los generamos. Hemos perdido culturalmente los espacios de conversar cara a cara, de tener una real conexión con el otro ser humano. Vivimos en la era más “conectada” de la historia de la humanidad y somos la generación que vive en menos conexión unos con otros. Más este no es un espacio de recriminar ni señalar, este quiere ser un espacio de abrir posibilidades, de sembrar en ti que me lees, el deseo de abrir un panorama que quizás habías olvidado o habías dejado de lado.

Un buen padre/madre aporta lo necesario para que su hijo (a) tenga todo para crecer, realizarse, etc. Sin embargo, un padre fascinante, en palabras de Augusto Cury, es aquel que no solo aporta, si no que conecta con las emociones de su hijo (a), que genera confianza, que habla de tal manera que su hijo escucha y escucha de tal forma que su hijo habla y conversa de aquello que lleva dentro. Si quieres que tus hijos te tengan confianza empieza por tenerles confianza tu a ellos; comienza por contarles que hoy no tuviste un gran día, a contarles que aún no juntas para pagar la renta o cualquier recibo y esto no con el afán de preocuparlos, sino con la intención de hacerlos parte de tu vida. Confiar en tus hijos no solo se traduce en que creas que no te van a mentir, va más allá, es saber que ellos también tienen la capacidad de escucharte y aportarte una nueva y distinta mirada. ¿Qué tanto saben de tu infancia tus hijos?, ¿saben de aquello que más te molestaba de tus papás?, ¿conocen lo que más te dolió de cuando tenías su edad?, ¿saben lo que te ponía más feliz, lo que te hacía brincar de entusiasmo? La ternura genera estas conversaciones, crea espacios de diálogo en donde el ser vulnerable está permitido dado que es un espacio seguro y protegido.

La ternura no deja de lado los límites, mejor dicho, es también la ternura la que los pone. La expresión de la ternura también se ve cuando sé decir que NO, cuando sé decir BASTA, cuando sé decir YA NO MÁS DE ESTO. Porque es allí donde con ternura, me amo a mí mismo y respeto mi dignidad. Considero que uno de los actos de más falta de amor a nosotros mismos es cuando decimos que SÍ queriendo decir que NO, cuando prometemos por “compromiso” a sabiendas que no lo quiero hacer, que no me quiero comprometer, allí el amor y la ternura para con nosotros está olvidada.

Voltea tu mirada al mundo que tenemos; yo veo esperanza, veo posibilidad, porque sé que más temprano que tarde, desde el núcleo de nuestras familias, comenzaremos a incluir en nuestras rutinas diarias conversaciones que tienen que ver más con lo que sentimos y menos con lo que pensamos. Conversaciones llenas más de preguntas genuinas que respuestas o afirmaciones anticipadas. Preguntar primero “¿cómo estás?” antes de un “te lo dije, no estudiaste y reprobaste”. La primera conecta con la emoción, la segunda con la razón.

Mi invitación no es a que dejes la razón por completo, está aquí por y para algo esencial, sin ella no podríamos vivir como vivimos. Mi invitación es a que permitas a tu emoción hablar, que vivas, que sientas, que dejes de lado aquellos tabúes que te impiden mostrar afecto, sentir alegría, mostrarte vulnerable, pedir un abrazo, recibir el amor de otro. Hazlo y verás cómo los tuyos, tu familia, tus hijos, comienzan a hacerlo junto contigo. ¿Quieres?

Alejémonos del “deber ser” que nos ata a vivir la vida de “no sé quién” y acerquémonos a crear nuestro propio camino desde la ternura; así seguro tenderemos puentes, crearemos redes, abriremos posibilidades y haremos de nuestro mundo/hogar el espacio que ya era antes: un paraíso.

Ricardo Gómez Solís
Coach Personal y Profesional

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