Huir o morir

. 16 de diciembre de 2015

Mariló-Jiménez-Domínguez-mundocoachingmagazine

Por Mariló Jiménez

Esto es lo que sienten muchas personas. Porque lo creen en sus mentes. Si me quedo en esta situación que no me gusta, me incomoda y no he elegido, me ahogo. No puedo respirar. ¡No quiero esto! ¡Lo dejo, me voy!

Generalmente este tipo de pensamientos y actitudes las tenemos en las relaciones personales, fundamentalmente en las de pareja, a veces con amigos y conocidos a los que dejamos, y nos dejan, de ver de repente sin un motivo concreto; simplemente un revés en una reacción emocional y ya, el cierre con candado.

Las relaciones sentimentales suelen ser el campo donde más deserciones se dan en cuanto saltan emociones no deseadas “provocadas” por el otro. Nunca ha habido tantas separaciones –de pareja en general- como en las últimas décadas, ni tan breves relaciones de “ereselhombre/lamujerdemivida”, “dóndeestabasquesiempreteesperé” o “megustasyquieroestarsiemprecontigo” que no sobreviven a los 17 días, tres semanas o apurando el mes y medio.

¿Excesiva rapidez en decir eso que deseamos decir a una persona que nos gusta porque se diferencia del resto? ¿Deseo de estar “en-amor-a-dos”? ¿Confusión de palabras o, lo que es más grave, de sentimientos? Sea como fuere, las consultas de terapia están llenas hoy de mujeres (principalmente; el hombre –perdón pero sí- suele ser más reacio a abrir sus emociones buceando en él) que se ven atónitas ante la huida, repentina y sin un atisbo de señal previa, de sus correspondientes partenaires, quienes se volatilizan y evaporan como el humo tras una calada.

Esta forma de desaparecer se materializa (valga la contradicción) en sus formas varias: física –la principal-, verbal –no hay más llamadas, aunque se dejen 57 mensajes y un suspiro en su buzón de voz-, escrita –los wasaps, aun siendo leídos con su acuse de recibo, pasan al e-espacio etéreo donde se sabe que están pero como si no- y, aglutinando a todas ellas, la presencial: no está, no hay presencia en ninguna de las maneras. Se le llame, escriba, reclame en variadas creaciones e interpele activamente, nada. Se fue. Voló. No, se volatilizó. Ni rastro. ¿Un sueño? No, porque quedan pruebas materiales de que existió. No es que “la relación” no exista ya, es la persona la que no “existe”, la que ha decidido segar de un tajo –rápido y seco cual guadaña- todo hilo conductor con quien apenas dos días antes era el objeto de su amor manifiesto y el motivo de sus próximas vacaciones.

Huir sin decir, fugarse sin hablar ni explicar deja a la otra persona en un trampolín hacia el descrédito personal, la merma de su autovaloración y el cuestionamiento continuo y yermo sobre cómo es posible. Las mujeres suelen ser las principales protagonistas de tales historias de misterio y sugerentes candidatas a bajar su autoestima y, con ello, a la autodestrucción debido a su naturaleza más emocional.

Es el terreno afectivo donde mayoritariamente, por no decir casi exclusivamente, se da este tipo de comportamiento: algo se produce en el familiar y en el social, pero escasísimamente en el terreno laboral. ¿La razón? Porque necesitamos lo que el trabajo nos aporta: dinero, relaciones, objetivos, dirección en la vida. Sin embargo, creemos que no necesitamos lo que una relación afectiva nos da y no nos gusta y que, no obstante, es un tesoro y un regalo si alguna vez hemos deseado crecer y evolucionar internamente. Nunca se crece más rápido que cuando nuestra pareja nos confronta en nuestras debilidades.

Es en las relaciones sentimentales donde somos como realmente somos, donde nos abrimos, donde bajamos barreras y máscaras, donde nos hacemos vulnerables y donde el otro puede penetrar más en mí y mostrarme mis luces y mis sombras, dónde brillo y dónde estoy en oscuridad. Cada vez que en la relación hay algo que no me gusta, si no huyera porque “escuece” y me quedo a ver qué sucede, cuál es el siguiente paso, puedo ganar una fantástica sorpresa al comprobar cómo he subido un peldaño traspasando el límite de mi miedo. Porque es miedo y no otra cosa lo que nos hace huir de las situaciones incómodas que agitan por dentro.

La práctica del yoga pone esto en evidencia muy fácilmente. Su paralelismo con la vida es un libro abierto. En una ásana, o postura, difícil, que no conozco, no habitual en mí, surgen pensamientos del tipo “uf, no puedo más, salgo”, “me duele tal”, “me voy a caer”, “me voy a hacer daño en…”, etc, todos referidos a algo que puede pasar. Si opto por cambiar de actitud y empleo pensamientos como “me estoy haciendo fuerte”, “esto implica más voluntad por mi parte y con respiración consciente la saco de mi interior”, “un poco más, puedo aguantar un poco más” y otro “un poco más, solo un poco más”…, mientras me focalizo en la fortaleza que mi cuerpo va adquiriendo (y con ello mi mente sin ser tan patente en el momento), de pronto descubro que la tensión ha desaparecido a base de varios “un poco más”, el dolor ya no está, todo es ligereza y mis labios sonríen. He traspasado el límite, el miedo a … caerme, hacerme daño, ‘sentir’ dolor… Y soy más resistente, física y mentalmente.

El recuerdo del dolor (físico en el yoga y emocional en las relaciones) es el que nos hace huir. Pero huyendo nunca quitaremos ese dolor y sí seguiremos estancados en ese recuerdo que se queda grabado en el cuerpo. Una y otra vez. Viviendo el ‘día de la marmota’. Autómatas. Siempre el mismo resultado. Hasta que un día me decida a hacer algo diferente y… quedarme: las cosas ya no son como fueron, ahora tengo la herramienta de la consciencia para hacerlo de otra manera.

La alegoría de la caverna, también conocida como La cueva de Platón, hace referencia a nuestros miedos por la visión tan limitada que tenemos de lo que vemos, unas sombras, relatando que creemos que la vida son solo sombras porque ES lo que vemos. En ella, las personas están atadas, en un símil de anclaje a algo, y solo ven unas sombras reflejadas en la pared de la cueva porque no alcanzan a vislumbrar la luz que las origina. En cuanto alguien les ayuda a caminar unos pasos saliendo de dicha parálisis por las cadenas, ven la luz, otra realidad, ampliando así su conocimiento.

Quien baja de la ásana rápidamente por los miedos mentales que arrecian en su cabeza, se pierde la oportunidad de superarse, de aprender. Porque aprender es un acto de valentía, implica salir de la zona de confort. Los deportistas de élite, entre otros, lo saben bien: cuanto más cueste, cuánta más carga emocional tenga la situación, mayor es el aprendizaje y, por tanto, el avance.

Aprender es gestionar el miedo que provocan los cambios. Porque no es huir o morir. Es huir o crecer.

 

Mariló Jiménez
Periodista especializada en Desarrollo Personal
Profesora de yoga y Mindfulness
@marilojd

 

 

 

 

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