Grieta

. 31 de agosto de 2016

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Por Andrea Lorenzo Montero

Espera, espera, espera.

Para un momento. Y escúchame. Mírame a los ojos. Aguanta.

Hoy a las diez no va a acabarse el mundo. No van a dejar de quemarse las estrellas.
Ojalá no vayas a dejar de respirar. Ojalá que te sigas oxidando y, joder, ojalá sigas muriéndote poco a poco mientras me matas.

Rasga. Araña. Quema. Muerde. Entierra. Rompe. Escupe. Hasta. Sangra. Joder. Hazte daño. Házmelo. Hazme daño contigo. Y que me guste. Destruye. Corrompe.

Disfrútame.

La crudeza de la torpeza insensible de sentirme áspera. Resquebrajda. Y muerta. Y vacía. Y sin vida. Que me enrollo sin quererlo y si quiero… me atropello. Y me tiro si hace falta.

Porque no hay vida. Porque me la han quitado.

Y te juro que no me he enterado. Me han matado. Y sigo muerta en vida.

Envidia es lo que sienten. Incluso sin sentir me siento viva. Asiento si me dejo descansar y me caigo si me dejo descansar.

Y aunque descanse. Eterna. Condena es lo que tengo. La pena lo que hierve.

Y la fiebre lo que altera, ensalza salada la sal. Sin saber que al palparlo, al paladearlo, se queda y extiende el sabor a fruta. De qué.

Porque te he dicho que no iba a acabarse el mundo a las diez. Pero ya ha pasado un minuto. Y quién sabe. Lo mismo ahora sí.

Desde el sentimiento de vacío.

Andrea Lorenzo Montero
Poeta.

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