20 AÑOS DESPUÉS. Vivir la muerte

. 17 de junio de 2014

  Mariló-Jiménez-Domínguez-mundocoachingmagazine

Por Mariló-Jiménez-Domínguez

Pude haber muerto. Hoy hace 20 años que sentí que todo acababa: quizás me estaba matando.

Un 6 de junio, día D en la Historia de hace 70 años, para mí fue el día de aprender, desde las entrañas y no con la razón, que la vida puede finalizar antes de lo que creemos. Y queremos, en la mayoría de las veces. Aprendizaje duro a través del susto, de intuir la muerte de golpe y sin avisar, del miedo a la pérdida de todo. Dejar de vivir –con D del día D– es dejar de absorber, dejar de hacer, dejar de dar, de recibir, de disfrutar, de reír, de besar, de mirar, de charlar, dejar de compartir, dejar de avanzar… Es la ruptura total sin posibilidad de arreglo. Es el cierre, nos encuentre como nos encuentre; hasta ahí hemos llegado.

Quizás, si el coche dejaba de dar vueltas y yo seguía pensando, estaría viva. Si no, nadie sabría nunca qué había sucedido, por qué pasó y cuáles fueron mis últimos pensamientos. Eso de que cuando nos morimos pasa la vida a cámara rápida… Supongo que hay ciertas experiencias muy personales. La mía no fue así. Sólo me preocupaban mi madre y lo desordenado que había dejado mi escritorio, tan atiborrado siempre de papeles, apuntes, revistas, periódicos y recortes de prensa que guardaba por interesantes. A ver qué harían con todo ello; y cómo sería para mi madre, su dolor. Me sentí culpable por causarle tal herida, e impotente: no podía evitársela. Había hablado con ella hacía apenas diez minutos y todo iba ‘sobre ruedas’. Bastaron unos segundos de despiste para sentir la muerte soplándome en mi piel, cómo se acercaba poniendo el cielo a mis pies y lloviendo cristales por todas partes. Tan sólo un momento en que todo cambia y muchas vidas se ven salpicadas.

El solo pensamiento de que mi vida dependía de esperar a ver qué hacía el coche para constatar si yo viviría o me iría con una de las vueltas de campana, hizo un click en mi interior. Me repiqueteó durante mucho tiempo sumiéndome en una profundidad desgarrada, dando gravedad a la consciencia del hecho, a la vez que cierta liviandad a todo lo que consideramos problemas y ocupa tanto tiempo y energía en nuestro día a día.

Nunca he escrito sobre esto. Hoy lo hago con sentido liberador. Porque hoy hace 20 años que vivo. Aunque a veces lo olvide. Por eso, cada 6 de junio me hace tocar las entrañas de la vida. Me pone los pies en la tierra si se me han despegado un poco. Me recuerda, en las células y el abdomen, que la vida está aquí y sigue sucediendo estemos nosotros en ella o no, y la aprovechemos o dejemos pasar de largo pensando que somos eternos. Llevar esto de la cabeza al sentimiento es convertirlo en experiencia vital. Y es vivir la muerte. Por eso nuestra resiliencia depende de cómo miremos, de cómo interpretemos lo que nos sucede, si como ‘suerte’ o parte de las condiciones externas –la sociedad, el momento, el mercado laboral, los otros…-, o bien como señales que nos indican qué tenemos que aprender para ser lo que queremos, o debemos, ser. Es un acto de voluntad, una cualidad que desarrollar.

Yo soy firme defensora de un potencial mayor de resiliencia en cada persona que el que cree tener. La manera de que aflore cuando la vivencia traumática se produzca es practicar y fortalecer previamente nuestra psique, nuestra inteligencia emocional, habilidades y fortalezas para, entonces, poner en la práctica todo nuestro trabajo de conciencia y apertura mental.

La capacidad de transformación que supone la resiliencia es absolutamente ‘vital’, porque la Naturaleza y la Vida están en continuo proceso de transformación y cambio: nada es como el minuto anterior, ni nuestras células que nacen y mueren a gran velocidad; ni nuestro cuerpo, que avanza con cada respiración; ni el aire, en continuo movimiento de contaminación y renovación; ni los pensamientos, en íntima conexión con el cuerpo y las experiencias diarias; ni una flor; ni una cualidad; ni nada que esté vivo, pues –como reza el Budismo- el principio de impermanencia rige el Universo. Y dado que esto es así, constatado científicamente, si no tuviéramos “capacidad” de afrontar el cambio, la adversidad y superarla, ¿qué aprenderíamos de ello? ¿Qué sentido tendría lo ocurrido si no es para que podamos aprender y crecer? ¿Qué nos diferenciaría de animales y plantas en nuestra evolución? Todo lo que está vivo se transforma con cada hálito. Por ello en la persona esta capacidad es innata, y desarrollarla pasa por nuestra intención de querer aprender a hacerlo.

No voy a catalogar el 6 de junio como un día de muerte, a pesar de las fechas: en 1944, 50 años justos antes de mi accidente  –y 70 se cumplen hoy- murieron más de 6.000 personas en el desembarco de las tropas aliadas en Normandía (Francia) durante la Segunda Guerra Mundial, iniciándose así la liberación del continente europeo de la ocupación alemana. Ya en el siglo XXI un familiar muy querido se fue tras una larga enfermedad. Hoy, en 2014, para el cocinero televisivo Darío Barrio y para una amiga de una conocida mía que tras picotear con ella en la noche previa amaneció sin vida, también fue el último día de sus vidas. Asimismo fue un día 6, aunque de agosto y un año más tarde, cuando una bomba atómica cayó sobre Hiroshima (Japón).

Me dicen que son “casualidades”, que cuando uno se focaliza en algo todo converge alrededor. Y sin negar tal verdad evidente, el 6 del 6 no es un día cualquiera. Hasta el calendario cuenta con días que sobresalen del resto. ¿Esto significa mirar hacia un solo punto para ver todos los relacionados, o es cómo la vida nos da mensajes para que los miremos e interpretemos? Para mí fue un día de vida, y sobre esto construyo mi aprendizaje.

6.6.2014

Mariló Jiménez

Periodista

Especializada en Desarrollo Personal

@marilojd

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